Los jóvenes hoy

Abril 21, 2008 por marucardenas

Los jóvenes hoy.

Por: Maru Cárdenas.

 

Cada ser humano es único e irrepetible, “cada cual con sus cadacualadas”, parafraseando al buen Unamuno. Sin embargo, podemos constatar que cada generación cuenta con un telón de fondo que lo influye de una u otra manera. Así los sociólogos, psicólogos y otros especialistas hablan de la generación silenciosa (nacidos entre 1925 y 1949), de los baby boomers (nacidos entre 1950 y 1970), de la generación X (1970 – 1984) y hoy de la flamante generación milenio (1985 a la fecha). ¿Quiénes son los jóvenes de hoy? ¿Cómo son? ¿Qué buscan? Es importante conocerlos bien para poder colaborar con ellos en la tarea de desarrollar al máximo su potencial en beneficio propio y de cara al mundo que nos rodea.

 

Los cambios que se han experimentado son muchos: la globalización, los avances en el mundo de la tecnología (especialmente Internet y los celulares), las nuevas dinámicas familiares, fomentan con frecuencia que se esté más cerca de los lejanos y más lejos de los cercanos. La adolescencia empieza antes y termina después. Estos, entre otros factores, desencadenan una cultura posmoderna que permea a nuestros jóvenes. Sin pretender describir un perfil exhaustivo ni absoluto, me atrevo a comentar algunos de los rasgos generales que los jóvenes actuales me han dejado ver.

 

Nos enfrentamos a un profundo relativismo gnoseológico y moral. A lo largo de los siglos se ha hablado del ser humano como homo rationalis, homo faber, homo viator… Hoy nos dicen que predomina el homo sentimentalis. Es decir, la emoción se convierte en criterio de verdad, donde lo fundamental es “sentirse bien”, no “estar bien” o “ser para el bien”. Esta persona busca emociones, sentimientos, nada es bastante para satisfacer sus ansias de placer, de comodidad. Vive frecuentemente entre dos polos: el placer y la depresión. El placer equivale a una carga estimulante de sensaciones, y la ausencia de las mismas acarrea la desmotivación, la melancolía, el aburrimiento y la pesadez (o sea, la depresión). “Porque me latió”, “no me nació”, “haz lo que sientas”, “lo que te dicte el corazón”, son expresiones frecuentes que denotan el gobierno de lo sentimental en sus vidas. El problema es que, más que gobierno, es anarquía. La propia razón pasa a un segundo plano, que no tiene capacidad de contrarrestar la corriente. Los conocedores del tema se refieren al pensiero debole, pensamiento débil que no reconoce la verdad de las cosas, sino que se centra en lo que esas cosas me hacen sentir sin valorar causas ni consecuencias, sino concentrándose en el momento presente. Al margen del propio pasado y sin mayor preocupación por el futuro algunos jóvenes viven en un hoy ilimitado, buscando la satisfacción inmediata de sus deseos (muchas veces presentados por la publicidad o la moda). Hakuna matata es el himno de la posmodernidad. Quienes fuman son conscientes del hecho: fumar puede causar cáncer. Sin embargo, te perdono el mal que me haces por lo bien que me sabes. No es cuestión de razón, es cuestión de corazón. El hedonismo, el activismo, el culto al cuerpo, a la imagen son algunas de las consecuencias de este gobierno emocional.

 

Como señala Tony Anatrella, “tienen un acercamiento lúdico a la vida, con la necesidad de salir de juerga todos los fines de semana, sin saber bien por qué; pero de este modo buscan ambientes totalizantes y sensaciones que les dan la impresión de que existen. (…) Están en búsqueda de las razones para la vida sobre las que construir la existencia: la mayoría está lejos de preocupaciones religiosas y a menudo reconoce no haber sido sensibilizada ni educada en este campo. (…) Su conocimiento de la fe cristiana y de la Iglesia queda ligada a un cliché y a la reconstrucción intelectual que circulan en las representaciones sociales, en la ciencia ficción de la televisión y del cine”[1]. La cultura secularizada que viven les invita a buscar una espiritualidad individualista, cómoda, sin Dios, sin instituciones, al gusto del consumidor, pues el objetivo es el bien-estar y no el bien-ser. Por cierto, para evitar incomodar a otros es mejor recluir todo rastro religioso en casa. En muchos casos la indiferencia y la apatía campean sin obstáculo alguno.

 

Herederos del nihilismo[2], prefieren postergar todo compromiso serio, pues lo consideran una restricción a su libertad, la cual entienden como capacidad de elección entre el bien y el mal, ausencia de límites, valor absoluto al que subordinan todo lo demás. En general son ampliamente tolerantes con todos salvo con los intolerantes, a los que etiquetan como fundamentalistas retrógrados. En un mundo donde todo se vale, lo importante para muchos de ellos es la decisión autónoma del sujeto. Expertos en la “ética del cada quién”, todo lo ven relativo a su situación particular, a sus circunstancias, a sus afectos. Desean la autenticidad, pero muchas veces no saben cómo buscarla, cómo edificarla. Privilegian la espontaneidad y la impulsividad sobre la reflexión y la planeación. La última palabra la tiene su propia experiencia.

 

Muchos han sido testigos de problemas serios en sus familias. Así mismo, han experimentado relaciones de pareja volátiles, decepcionantes (incluso en el campo sexual), lo que los ha dejado vulnerables y desconfiados en relación al otro, al futuro, a la posibilidad real de formar un matrimonio duradero. Ante situaciones difíciles han carecido de personas y puntos de referencia claros y profundos que los ayuden a valorar y afrontar la cuestión en su justa dimensión. Los padres de esta generación han demostrado mayor inseguridad en su función de formadores, dudan de la autoridad y las instituciones y han transmitido estas percepciones a sus hijos, que hoy buscan líderes y no los encuentran con facilidad.

 

Algunos jóvenes tienen maestría en el arte de evadir, practican con soltura la transferencia de responsabilidad (con predilección referida a los propios padres y a la “sociedad”). Evaden la realidad, el compromiso, el dolor, a través del activismo, del ruido constante “para no pensar”, de una pastilla, con uno o más tragos, con uno o más estimulantes.

 

A pesar de todo lo anterior, el joven de nuestros días busca y tiene sed de ideales auténticos, sed de pertenencia a algo “que valga la pena”, que trascienda más allá de sus propias narices, sed de Dios, aunque muchas veces no lo sepa. Muchos jóvenes se encuentran abiertos, disponibles a ser ayudados, a explotar todo su potencial, quieren madurar, pero les faltan referencias. Hoy en día los menos jóvenes tenemos una fuerte responsabilidad hacia ellos, no podemos quedarnos como espectadores de su marcha por el mundo. Estamos llamados a proponer de forma nueva lo antiguo, (intrínsecamente válido), debemos ser expertos en el arte de motivar, saber presentar el valor de modo atractivo para que los jóvenes reconozcan su bondad. Saber presentar el valor en sí, para mí, ahora y realmente alcanzable. Somos responsables de saber dar certezas que los liberen de ansiedades y depresiones, somos responsables de dar esperanzas.

 



[1] Anatrella, A. (2003). El mundo de los jóvenes: ¿quiénes son?, ¿qué buscan? Conferencia dictada durante el congreso “Jornada Mundial de la Juventud: de Toronto a Colonia”, en Roma, del 10 al 13 de abril.

[2] Concepto filosófico que afirma que nada vale la pena, del latín “nihil” que significa “nada”, niega el valor y el significado del mundo y en particular de la existencia humana.  Es una especie de pesimismo cínico.

Articulo “Los jóvenes hoy”

Abril 17, 2008 por marucardenas

Los jóvenes hoy.

Por: Maru Cárdenas.

 

Cada ser humano es único e irrepetible, “cada cual con sus cadacualadas”, parafraseando al buen Unamuno. Sin embargo, podemos constatar que cada generación cuenta con un telón de fondo que lo influye de una u otra manera. Así los sociólogos, psicólogos y otros especialistas hablan de la generación silenciosa (nacidos entre 1925 y 1949), de los baby boomers (nacidos entre 1950 y 1970), de la generación X (1970 – 1984) y hoy de la flamante generación milenio (1985 a la fecha). ¿Quiénes son los jóvenes de hoy? ¿Cómo son? ¿Qué buscan? Es importante conocerlos bien para poder colaborar con ellos en la tarea de desarrollar al máximo su potencial en beneficio propio y de cara al mundo que nos rodea.

 

Los cambios que se han experimentado son muchos: la globalización, los avances en el mundo de la tecnología (especialmente Internet y los celulares), las nuevas dinámicas familiares, fomentan con frecuencia que se esté más cerca de los lejanos y más lejos de los cercanos. La adolescencia empieza antes y termina después. Estos, entre otros factores, desencadenan una cultura posmoderna que permea a nuestros jóvenes. Sin pretender describir un perfil exhaustivo ni absoluto, me atrevo a comentar algunos de los rasgos generales que los jóvenes actuales me han dejado ver.

 

Nos enfrentamos a un profundo relativismo gnoseológico y moral. A lo largo de los siglos se ha hablado del ser humano como homo rationalis, homo faber, homo viator… Hoy nos dicen que predomina el homo sentimentalis. Es decir, la emoción se convierte en criterio de verdad, donde lo fundamental es “sentirse bien”, no “estar bien” o “ser para el bien”. Esta persona busca emociones, sentimientos, nada es bastante para satisfacer sus ansias de placer, de comodidad. Vive frecuentemente entre dos polos: el placer y la depresión. El placer equivale a una carga estimulante de sensaciones, y la ausencia de las mismas acarrea la desmotivación, la melancolía, el aburrimiento y la pesadez (o sea, la depresión). “Porque me latió”, “no me nació”, “haz lo que sientas”, “lo que te dicte el corazón”, son expresiones frecuentes que denotan el gobierno de lo sentimental en sus vidas. El problema es que, más que gobierno, es anarquía. La propia razón pasa a un segundo plano, que no tiene capacidad de contrarrestar la corriente. Los conocedores del tema se refieren al pensiero debole, pensamiento débil que no reconoce la verdad de las cosas, sino que se centra en lo que esas cosas me hacen sentir sin valorar causas ni consecuencias, sino concentrándose en el momento presente. Al margen del propio pasado y sin mayor preocupación por el futuro algunos jóvenes viven en un hoy ilimitado, buscando la satisfacción inmediata de sus deseos (muchas veces presentados por la publicidad o la moda). Hakuna matata es el himno de la posmodernidad. Quienes fuman son conscientes del hecho: fumar puede causar cáncer. Sin embargo, te perdono el mal que me haces por lo bien que me sabes. No es cuestión de razón, es cuestión de corazón. El hedonismo, el activismo, el culto al cuerpo, a la imagen son algunas de las consecuencias de este gobierno emocional.

 

Como señala Tony Anatrella, “tienen un acercamiento lúdico a la vida, con la necesidad de salir de juerga todos los fines de semana, sin saber bien por qué; pero de este modo buscan ambientes totalizantes y sensaciones que les dan la impresión de que existen. (…) Están en búsqueda de las razones para la vida sobre las que construir la existencia: la mayoría está lejos de preocupaciones religiosas y a menudo reconoce no haber sido sensibilizada ni educada en este campo. (…) Su conocimiento de la fe cristiana y de la Iglesia queda ligada a un cliché y a la reconstrucción intelectual que circulan en las representaciones sociales, en la ciencia ficción de la televisión y del cine”[1]. La cultura secularizada que viven les invita a buscar una espiritualidad individualista, cómoda, sin Dios, sin instituciones, al gusto del consumidor, pues el objetivo es el bien-estar y no el bien-ser. Por cierto, para evitar incomodar a otros es mejor recluir todo rastro religioso en casa. En muchos casos la indiferencia y la apatía campean sin obstáculo alguno.

 

Herederos del nihilismo[2], prefieren postergar todo compromiso serio, pues lo consideran una restricción a su libertad, la cual entienden como capacidad de elección entre el bien y el mal, ausencia de límites, valor absoluto al que subordinan todo lo demás. En general son ampliamente tolerantes con todos salvo con los intolerantes, a los que etiquetan como fundamentalistas retrógrados. En un mundo donde todo se vale, lo importante para muchos de ellos es la decisión autónoma del sujeto. Expertos en la “ética del cada quién”, todo lo ven relativo a su situación particular, a sus circunstancias, a sus afectos. Desean la autenticidad, pero muchas veces no saben cómo buscarla, cómo edificarla. Privilegian la espontaneidad y la impulsividad sobre la reflexión y la planeación. La última palabra la tiene su propia experiencia.

 

Muchos han sido testigos de problemas serios en sus familias. Así mismo, han experimentado relaciones de pareja volátiles, decepcionantes (incluso en el campo sexual), lo que los ha dejado vulnerables y desconfiados en relación al otro, al futuro, a la posibilidad real de formar un matrimonio duradero. Ante situaciones difíciles han carecido de personas y puntos de referencia claros y profundos que los ayuden a valorar y afrontar la cuestión en su justa dimensión. Los padres de esta generación han demostrado mayor inseguridad en su función de formadores, dudan de la autoridad y las instituciones y han transmitido estas percepciones a sus hijos, que hoy buscan líderes y no los encuentran con facilidad.

 

Algunos jóvenes tienen maestría en el arte de evadir, practican con soltura la transferencia de responsabilidad (con predilección referida a los propios padres y a la “sociedad”). Evaden la realidad, el compromiso, el dolor, a través del activismo, del ruido constante “para no pensar”, de una pastilla, con uno o más tragos, con uno o más estimulantes.

 

A pesar de todo lo anterior, el joven de nuestros días busca y tiene sed de ideales auténticos, sed de pertenencia a algo “que valga la pena”, que trascienda más allá de sus propias narices, sed de Dios, aunque muchas veces no lo sepa. Muchos jóvenes se encuentran abiertos, disponibles a ser ayudados, a explotar todo su potencial, quieren madurar, pero les faltan referencias. Hoy en día los menos jóvenes tenemos una fuerte responsabilidad hacia ellos, no podemos quedarnos como espectadores de su marcha por el mundo. Estamos llamados a proponer de forma nueva lo antiguo, (intrínsecamente válido), debemos ser expertos en el arte de motivar, saber presentar el valor de modo atractivo para que los jóvenes reconozcan su bondad. Saber presentar el valor en sí, para mí, ahora y realmente alcanzable. Somos responsables de saber dar certezas que los liberen de ansiedades y depresiones, somos responsables de dar esperanzas.

 



[1] Anatrella, A. (2003). El mundo de los jóvenes: ¿quiénes son?, ¿qué buscan? Conferencia dictada durante el congreso “Jornada Mundial de la Juventud: de Toronto a Colonia”, en Roma, del 10 al 13 de abril.

[2] Concepto filosófico que afirma que nada vale la pena, del latín “nihil” que significa “nada”, niega el valor y el significado del mundo y en particular de la existencia humana.  Es una especie de pesimismo cínico.

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Abril 15, 2008 por marucardenas

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